Palabras del señor Vicepresidente de Colombia, Doctor Francisco Santos Calderón, en el lanzamiento del libro "Trujillo: Una tragedia que no cesa"
Bogotá, Septiembre 16 de 2008.
Señoras y señores:
Hay momentos dolorosos en la vida, momentos que uno nunca quisiera vivir; y este es uno de ellos; cuando corresponde enfrentar la realidad de nuestras historias de tragedia; cuando toca develar parte del pasado que nos avergüenza. Cuando hay que decir con todo el dolor de patria: este Estado no fue capaz de garantizar la vida, de proteger a quienes hoy recordamos, de hacer justicia con los responsables y de reparar integralmente a sus familiares. Soy consciente que ninguna palabra es suficiente para consolar a los familiares de las víctimas o para pedir perdón.
También es el momento de la reflexión. Muchas circunstancias han confluido para hacer posible este camino de esclarecimiento de la verdad como paso hacia una paz duradera; la presión de las organizaciones sociales, de las organizaciones de victimas, de la comunidad internacional se han juntado a la voluntad política del gobierno para producir un proceso de desmovilización que contempla la satisfacción de los derechos de las victimas como requisito.
Hemos escogido un camino desconocido, difícil y lleno de incertidumbre: el camino de buscar en el pasado, de detenernos en los episodios más dolorosos, de revivir los hechos más dolorosos, los momentos más aciagos y recrearlos, esclarecer las circunstancias en los que sucedieron, atender a los familiares que sobrevivieron al horror, encontrar a los responsables, juzgarlos y reparar a los sobrevivientes.
No es un camino fácil; no es el camino que han seguido la mayoría de los países que han vivido tragedias parecidas a las nuestras; muchos han preferido olvidar el pasado, esconderlo, aplazar el conocimiento de la verdad, pensar mejor en el futuro que en el pasado, dejar a otras generaciones la búsqueda de la verdad. Los colombianos hemos pensado que las victimas merecen ser recordadas, los familiares merecen ser resarcidos y la verdad esclarecida. Pensamos que es un componente de la justicia y un cimiento sólido para la reconciliación. Sabemos que es el camino más amargo pero también el que produce más certezas.
Agradezco a la Comisión de Memoria Histórica del a Comisión Nacional de Reparación y Reconciliación este esfuerzo; a todos aquellos que contribuyeron con esa Comisión para hacer posible este Informe; a investigadores, victimas, funcionarios, colaboradores, organizaciones que pusieron su grano de arena para que este Informe viera la luz y emergieran las sombras, los enterrados, los desarraigados, los miedos, el terror que se vivió en el municipio de Trujillo, Valle y nos enseñara con su pedagogía dolorosa lo que nunca más debe suceder en nuestra patria.
Este testimonio, más que libro, conmueve hasta lo más profundo de nuestro ser; el relato de las torturas, de la crueldad, de la humillación, del ataque a la dignidad, de la indiferencia o complacencia de la sociedad y el estado, del sufrimiento, del miedo conmueven hasta lo más profundo de nuestro ser. Es un relato desgarrador, doloroso, desesperante que cuestiona nuestra tranquilidad.
Y este es tan solo el principio de la verdad; verdad que reclaman miles y millones de víctimas en Colombia; las casi 15.000 víctimas de las masacres de las cuales habla el libro; los otros tantos miles desaparecidos de manera forzada; las miles de víctimas del secuestro muchos de ellos que no volvieron, no han vuelto o murieron en cautiverio; las víctimas de las minas anti persona, de los carros bomba o de los ataques con cilindros; las víctimas del desplazamiento forzado o del despojo de sus tierras; los huérfanos y viudas de los miembros de la fuerza pública o de los funcionarios que han sido asesinados por querer servir a su patria y a su gente; los desterrados por hacer empresa víctimas de la extorsión y el boleteo; los familiares de quienes han sido obligados a combatir reclutados a la fuerza.
Como en el poema de Zalamea “crece la audiencia”; crece la lista casi imposible de enumerar de quienes exigen que se esclarezca la verdad sobre sus seres queridos, sobre su dolor, sobre su realidad. Y nos obliga a pensar que tenemos que hermanarnos en el dolor; ser solidarios con el dolor de los demás; comprender que es dolor de patria, de varias generaciones que hemos perdido a muchos de nuestros seres queridos y por momentos, la esperanza. Hace poco, por mandato de la Corte Interamericana de Derechos Humanos publicamos los hechos en los cuales fueron torturados y asesinados algunos miembros del poder judicial en la masacre de La Rochela; el domingo se publicó lo relativo a la detención, tortura y muerte del indígena Germán Escué y ahora por esfuerzo del CNRR los hechos de Trujillo.
Todo ello nos debe llevar a reflexionar: son muchas las víctimas de esta tragedia que denominamos violencia; para nada puede justificar el olvido del dolor de nuestros compatriotas y mucho menos justificar la participación en propinar dolor a nuevas víctimas. Ese dolor masivo, de muchos seres humanos debe llevarnos a no ser indiferentes con el dolor de nadie, a reconocer la tragedia en todos y a decidir que la única forma de enfrentar las ofensas es con la fuerza del estado y con la decisión de no aceptar las ofensas a la dignidad de otros. Ni la escalada de violencia justificada en la ofensa recibida, es decir, la venganza, ni la indiferencia frente al dolor ajeno pueden ayudarnos a salir de esta oscura noche.
Los hechos relatados en este libro nos llevan a otra gran verdad: el narcotráfico no cura ninguno de nuestros males y en cambio sí los agrava todos. Desde hace mas de tres décadas, algunos han creído que el narcotráfico soluciona en algo el desempleo; o los campesinos empobrecidos consideran que los cultivos de coca y amapola son su alternativa a las dificultades del campo; o las jóvenes y los jóvenes que enrolarse con el narcotráfico o con narcotraficantes es una forma de superar la exclusión social.
La realidad es que ninguna zona del país ha salido de pobre a pesar de las miles de hectáreas cultivadas de coca; que todas las zonas donde se han asentado estos cultivos se han llenado de grupos armados, de armas, de sicarios, de corrupción; nadie ha salido de pobre pero todos han perdido la tranquilidad.
La develación del papel de los narcotraficantes en la masacre de Trujillo sólo permite comprobar esta dolorosa verdad descubierta en cada centímetro de nuestro territorio. Una condición indispensable para lograr la no repetición de estos crímenes es cerrarle todos los espacios a los narcotraficantes; ninguna contemplación por la crisis económica o la pobreza, ninguna posibilidad para salir de los negocios quebrados, ningún espacio en la política, ningún espacio en nuestra sociedad; cero tolerancia con el narcotráfico es un paso indispensable para superar esta etapa de nuestra historia; de lo contrario, nos condenamos a fortalecer nuevos capos, jefes de sicarios y asesinos de nuestras futuras generaciones.
He pedido al Fiscal General de la Nación que acelere el proceso de extinción de dominio de las Haciendas Las Violetas y Villa Paola donde sucedieron estos dolorosos hechos; lo menos que puede hacer el Estado es extinguir el dominio sobre estas fincas y entregarlas a los familiares de las victimas de Trujillo como parte de la reparación integral que merecen estas personas.
Produce vergüenza y dolor el papel de algunos miembros del Ejército y la Policía en estos hechos. La complicidad, la coautoría, la negligencia en el deber de protección a los pobladores y de persecución a los asesinos, la permanencia por años de los sicarios y sus jefes en la zona sin ninguna acción seria contra ellos por parte de la Fuerza Pública no tiene justificación y enloda toda la acción del Estado.
Como viene sucediendo desde hace algunos años, la Fuerza Pública no puede aliarse con bandidos para actuar contra otros bandidos; la Fuerza Pública tiene que actuar contra todos los criminales por igual; la Fuerza Pública tiene que asumir que su primera obligación es proteger a la población; y la Fuerza Pública debe aplicar sus funciones con total respeto a la Ley y a la dignidad de todas las personas.
Hemos hecho un esfuerzo por mejorar la educación y los controles dentro de la fuerza pública; por construir un ejército y una policía del cual nos sintamos orgullosos; por elevar el valor de la legitimidad a la principal preocupación de los miembros de la fuerza pública; por lograr que quienes como el Mayor Urueña deshonran el uniforme y la confianza depositada por nuestras instituciones sean castigados con todo el peso de la Ley.
El país es testigo de ese esfuerzo; pero ese esfuerzo solo podrá ser exitoso si todas las instituciones nos comprometemos al lograrlo actuando cada cual con eficacia dentro de sus competencias; si facilitamos a la ciudadanía los medios y la debida protección para cuando tenga que interponer quejas y denuncias y si unimos voluntades entre el Estado y la sociedad para tener la mejor fuerza pública del continente y del mundo. Este es el campo donde mayores avances hemos tenido, pero esos avances no pueden hacernos olvidar aquellas páginas vergonzosas retratadas en este testimonio.
El diseño de nuestro Estado democrático está pensado de tal manera que cuando una rama del poder público falla, otra rama lo castiga, lo cuestiona, lo corrige. De ahí la importancia de la justicia; su papel corrector; su rol para devolverle confianza a los ciudadanos al restablecerles sus derechos o castigar a quienes los han violado o han incumplido el deber de protegerlos. La justicia es la legítima reserva moral de un Estado, el consuelo real de los ciudadanos que evita que transiten por el camino de la venganza o la desesperanza.
En los hechos reconstruidos en esta investigación se evidencia la falta de aplicación de justicia, la total impunidad. Tan solo el año pasado se llamo a juicio al jefe narco que dirigió esta cadena de muerte; tan solo este año se dicto resolución de acusación contra dos oficiales y un sub oficial de la fuerza pública. Le he sugerido al Fiscal General de la Nación, que estos procesos sean trasladados a Bogotá y ruego al Consejo Superior de la Judicatura que examine la situación de los jueces que no han llevado adelante ese juicio desde el año pasado y tomen los correctivos de inmediato. Recuerdo que también la muerte de 7 soldados en jurisdicción de Trujillo sucedida en una emboscada en jurisdicción de Trujillo está en la impunidad.
De la manera más respetuosa quisiera invitarlos a una reflexión acerca de la verdad. El primer interrogante que surge es cuando se ha descubierto toda la verdad. Creo que la construcción de la verdad es un ejercicio social, colectivo; un derecho de toda la sociedad. Y adentrarnos a esa verdad nos conduce a descubrir las realidades de otros seres de nuestra sociedad; a escudriñar en el contexto que rodean los hechos. Pareciera que una actitud abierta al dolor de todos, a la historia de todos los dolores, a la comprensión de todos los sufrimientos es más aconsejable en el ejercicio de un país que quiere construir su futuro sobre la base de esclarecer la verdad de su pasado. El ejercicio de la memoria también es un ejercicio de interacción entre todos los miembros de la sociedad y un descubrimiento de que hace parte del proceso histórico de nuestra vivencia como sociedad. La verdad limitada, exclusiva, fraccionada no pareciera ser la verdad que produce sólidos cimientos para el futuro no la que sirve para alimentar enseñanzas y valores para las futuras generaciones.
Esa búsqueda de la verdad total no puede entorpecer la búsqueda de la verdad individual que como un tónico alivia el sufrimiento, le da sentido al sacrificio y permite superar el abatimiento; a veces descansar en algo el sufrimiento.
La verdad también nos plantea un problema y para qué buscamos la verdad? Como todas las cosas puede tener muchos usos; no siempre todos buenos como es obvio. Ya hemos descubierto muchos usos convenientes de la verdad: para responder a las demandas justas de las víctimas, para esclarecer responsabilidades, para hacer justicia, para explicarnos lo que sucedió, para saber por qué sucedió entre otros.
Sin embargo creo que hay un sentido real, noble y eficiente de la verdad: la reconciliación. Si la verdad no sirve a la reconciliación corre el riesgo de servir para legitimar la venganza. No se puede reducir el uso de la verdad a la búsqueda de la reconciliación, pero tampoco se puede agotar el uso de la verdad en las cosas positivas antes mencionadas. Y para que sirva a la reconciliación, la búsqueda de la verdad debe ser sincera, transparente, de buena fe. Debe ser integra sin elusiones.
Debe estar acompañada de genuino y sincero reconocimiento de las responsabilidades, de arrepentimiento, de correctivos y rectificación la verdad para poder sembrar el camino hacia la reconciliación. Ello nos lleva a que la verdad que ilumina el camino hacia la reconciliación exige del destinatario de la verdad, del beneficiario de ella, el perdón. Y no se puede pedir o invocar el perdón sino se ha sido sincero y genuino en el tratamiento de la verdad, en la confesión, en el esclarecimiento de la verdad.
Ejercicio doloroso, exigente; ejercicio que nos recuerda toda nuestra dimensión humana, nuestras flaquezas y debilidades, nuestras pasiones más bajas para elevarnos a las más sublimes y nobles del arrepentimiento, el perdón y la reconciliación. La verdad sin reconciliación puede traer satisfacciones solo pasajeras; la verdad que sirve a la reconciliación puede producir una nueva vida.
Abordar nuestro pasado con toda la entereza, con toda la sinceridad es una tarea exigente; pero abordarlo para reconstruir, para reconciliar es lo que diferencia a quienes genuinamente se interesan por los derechos de las victimas de aquellos de quienes quieren la verdad para deslegitimar a sus ocasionales contradictores; la verdad debe ser un punto de encuentro de la diferencia; una prueba más para la rectificación, el inicio de la reconciliación.