Los 120 años de un vecino y amigo
Medellín
Marzo 22 de 2007
Palabras del Vicepresidente de la República doctor Francisco Santos Calderón en la conmemoración del 120 aniversario de El Espectador.
Le oí contar alguna vez a José Salgar, un hombre que comenzó a hacer periodismo a los 14 años de edad, que en épocas de dura competencia entre El Espectador y El Tiempo, él lograba con alguna frecuencia publicar primicias que causaban conmoción y angustia en el periódico de mi familia.
Cumplía su oficio, lo cual sigue haciendo con devoción y con mística hasta hoy, cuando ya es una especie de abuelo reportero. Al fin y al cabo buscar y publicar noticias es la razón de ser de un periodista y de un periódico. Lo revelador fue saber cuál era su fuente: el mismísimo ex presidente Eduardo Santos, quien había establecido con José ese canal de comunicación que produjo tantas satisfacciones en la casa Cano como tristezas en la nuestra.
Eran otras épocas. Una Colombia más parroquial, con ciudades mucho menos pobladas que hoy, sin tecnología, con menos medios de comunicación pero, en términos generales, con un periodismo en muchos aspectos de mejor calidad que el que tenemos hoy.
Los numerosos y dramáticos aportes que la ciencia realizó en el Siglo XX agilizaron la comunicación en proporciones que no había logrado la humanidad en todos los siglos precedentes. Y desataron un frenesí colectivo por la comunicación audiovisual que arrasó con el humanismo que sustentaba la calidad y complejidad del periodismo que hicieron nuestros abuelos.
Son momentos diferentes que por muchas razones no se pueden comparar, pero diría sin temor a equivocarme que los periódicos de hace 70, 60, 40 años, estaban mucho mejor escritos que los de hoy.
El Espectador y El Tiempo, junto con otros importantes diarios y medios de comunicación trazaron los senderos, los perfiles, el estilo del periodismo colombiano. Y buena parte de esa historia fecunda en logros y hazañas, se debe a la emulación, a la competencia intelectual, permanente y excelsa entre El Espectador y El Tiempo.
Eran grandes las cercanías, pero a la vez prudentes las distancias. Qué bonitas eran aquellas mañanas cuando por debajo de la puerta uno encontraba no uno sino dos periódicos y en los titulares y en las fotos se veían dos formas de mirar a Colombia y al mundo.
En los años definitivos para la consolidación de las empresas los dos diarios funcionaban a pocas calles de distancia. En las horas más duras de persecución política se prestaron papel, tinta y hasta maquinaria. Los Cano y los Santos mantenían vínculos de amistad tan fuertes como los que tenían entre sí muchos periodistas y otros trabajadores de las dos empresas. Pero esa cercanía no era extensiva al día a día del quehacer periodístico donde el rigor y la competencia, afortunadamente, eran durísimos.
Digo afortunadamente porque en definitiva cada periódico con sus procedimientos, sus grupos de reporteros y fotógrafos, su evolución humana y técnica, fue referencia obligada del otro, lo cual resultó un gran estímulo para la calidad, y para la búsqueda incesante de la excelencia de todas las actividades de cada empresa periodística.
Salían de las oficinas a los cafés del centro de Bogotá y en la bohemia tan característica de la época, nadie que los viera tan juntos y tan amigos, podría creer que se tratara de dos grupos de competidores. Pero lo eran y de que manera.
Yo crecí viendo a mi abuelo Calibán, a mi tío Enrique Santos, a mi padre Hernando sumidos en el análisis comparativo, leer, analizar y subrayar las ediciones diarias tanto de El Tiempo como de El Espectador. El resultado de ese ejercicio determinaba el tono y el contenido de las reuniones matutinas con la gente del periódico, para ubicar errores y aciertos, ventajas y desventajas frente a la competencia.
Que es exactamente lo mismo que hacían en la casa Cano porque El Tiempo y El Espectador eran como dos grandes trenes que transitaban la misma ruta pero por vías diferentes.
Y lo que hicimos las generaciones posteriores que nos conocimos desde la niñez y que para el caso de Guillermo Cano y de nuestra familia se tradujo en amistades ya hoy antiguas que surgieron como consecuencia de la amistad de nuestros padres, de sus afinidades intelectuales y de su pasión común por Colombia, por la letra impresa, por las noticias, por la tauromaquia, las artes y la literatura.
Había una identidad y una afinidad tan profunda en el alma y en los procedimientos de las dos empresas, aún en medio de la competencia, que en los aciagos sucesos de agresión política de 1952, los dos periódicos fueron incendiados por grupos de delincuentes, casi al mismo tiempo. Y casi al mismo tiempo fueron clausurados en 1955 por la dictadura del general Rojas Pinilla.
El Espectador fue siempre una empresa ágil, innovadora, lo cual impulsó en algunos períodos la renovación tecnológica de El Tiempo. Tuvieron una rotativa de gran capacidad antes que nosotros. Arribaron primero que El Tiempo al uso de computadores en la redacción. Y lo que es más importante, hasta los años setenta del siglo pasado, casi siempre tuvieron mayor circulación.
Es un gran patrimonio de Colombia lo que los Cano y El Espectador aportaron con su permanente actitud de denuncia, con su papel fiscalizador de la política, de la economía, de nuestra sociedad, una responsabilidad fundamental que en la Colombia de la intolerancia y la violencia demencial del narcotráfico les representó tan grandes sacrificios.
Y lo que han aportado en talento humano a nuestro periodismo desde ese periódico en donde hicieron su carrera periodística Gabriel García Márquez o el propio Guillermo Cano para no ir más lejos. Iader Giraldo, Antonio Panesso, Consuelo Araujo, Alfonso Castillo Gómez, Luis Tejada, German Pinzón, Luis Eduardo Nieto Caballero, Alberto Lleras Camargo , Eduardo Zalamea Borda, Eduardo Caballero Calderón, Juan Gossain y Héctor Osuna por citar apenas algunos, de una lista extensa y muy importante de hombres y mujeres de palabra a las que debe tanto nuestra profesión.
Resultó muy afortunada la iniciativa de la UNESCO de realizar este año la ceremonia de entrega del Premio Guillermo Cano a la Libertad de Prensa y el acto académico que lo acompaña en nuestro país. La única solicitud que les formulamos desde el Gobierno fue realizar ambos eventos en Medellín como una forma de mostrar al mismo tiempo al mundo la nueva realidad de esa ciudad que ha superado tan positivamente sus grandes problemas de seguridad y en donde predomina de nuevo la legalidad. Pero sobre todo para rendir con un grupo de importantes periodistas de todos los continentes un grande y merecido homenaje a la vida y obra de Guillermo Cano en la cuna de sus ancestros. Un homenaje extensivo a Héctor Giraldo, a Julio Daniel Chaparro y al fotógrafo Jorge Torres, para expresarles que no los olvidamos. Que su legado perdura. Y que su sacrificio une cada vez a más y más colombianos en la condena del narcotráfico y de todas las formas de violencia.
Inmenso personaje del periodismo colombiano Guillermo Cano. Su espíritu liberal. Su sentido crítico. Su compromiso con la justicia y con la verdad. Su mirada profunda, crítica, aguda, pero siempre ecuánime de la realidad. Su mística y entrega a la profesión. Su agudo olfato periodístico. Su gran calidad humana, constituyen una referencia muy importante para los periodistas y demócratas comprometidos sinceramente con los intereses de la sociedad.
Quiero decirles que para mi estar acá y participar en esta reunión no es un compromiso de Estado ni una formalidad social. Es un orgullo y toda una alegría especialmente por la presencia de tan ilustres representantes la familia de los fundadores, que por los motivos expuestos siento tan cercana a mis afectos.
Celebro el anuncio reciente de los actuales propietarios del esfuerzo para hacer posible de nuevo la circulación diaria de El Espectador. Sería una extraordinaria noticia para todos los colombianos. La presencia diaria de El Espectador, no solo auspiciaría la sana competencia periodística, sino que fortalecería a la democracia colombiana con mayores matices de pluralismo ideológico y riqueza cultural para cada lector.
Como editor y jefe de reacción que fui de El Tiempo puedo señalar en primera persona lo que este aporte representaría para estimular, como en los viejos tiempos, la búsqueda de la excelencia informativa y de producción de los periódicos.
Hoy cuando El Espectador cumple ciento veinte años de vida quiero expresar con mucha emoción mi afecto, mi gratitud, mi reconocimiento a esa familia maravillosa en lo humano, en lo profesional, en lo ético y en lo intelectual que son los Cano. A los hombres y mujeres que sustentan la historia del periódico. Y darles las gracias por todo lo que nos enseñaron con su testimonio, con su vida, con su trabajo y con sus realizaciones, a los periodistas de tantas generaciones y a todos los miembros de la familia de El Espectador.