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PALABRAS DEL SEÑOR VICEPRESIDENTE DE LA REPÚBLICA, FRANCISCO SANTOS CALDERÓN, EN LA GRAN LOGIA DE COLOMBIA.

Bogotá, marzo 1 de 2007

Cuando Eduardo Santos terminó su período presidencial en agosto de 1942 gozaba del más alto prestigio y del mayor respeto que jamás colombiano alguno haya inspirado a sus compatriotas, incluso, sus duros adversarios reconocieron que el cuatrienio presidido por Eduardo Santos había sido un modelo de gobierno democrático y liberal en el amplio sentido político de esta doctrina, que puso a Colombia como uno de los países dignos de ser emulados por las hermanas repúblicas latinoamericanas.

Director y propietario del diario El Tiempo desde el momento mismo en que fue postulado su nombre como candidato a la presidencia por el Partido Liberal Eduardo Santos puso una distancia insalvable entre él y su periódico y pidió a quienes quedaron encargados de la dirección del diario que fueran tan severos críticos del gobierno como podría serlo el más encarnizado de los órganos de oposición.

Los periódicos que por principios estaban contra la república liberal no guardaron el menor miramiento con el gobierno de Eduardo Santos, como no lo habían tenido con los de Olaya Herrera y Alfonso López, a los tres los consideraban mazones y mazones si lo eran, ateos, enemigos de la religión y las tradiciones vetustas que según ellos mantenían el orden de la República.

En los días en los que la segunda guerra mundial presentaba un aspecto sombrío para las naciones que combatían contra el eje, solía colocarse en la lista negra a los diarios que se manifestaban partidarios o que expresaban sus simpatías por Alemania. El Siglo de Bogotá no las ocultaba, era el principal vocero de la oposición conservadora y sus ataques contra el presidente Santos llegaron a provocar la indignación de miles de ciudadanos que no habrían estado inconformes si el belicoso diario conservador hubiese sido censurado o clausurado. Incluso, el gobierno de los Estado Unidos movido por la manifiesta inclinación de El Siglo a defender a las potencias del eje propuso incluirlo en esa lista negra, tremenda sanción que lo habría condenado a desaparecer. El presidente Santos se opuso y evitó la sanción no obstante que ella le quitaría de encima al más agresivo de sus opositores. “Por esa actitud mía” dice Eduardo Santos en el mensaje que escribió algunos años después motivado por el cierre arbitrario de El Tiempo “por esa actitud mía siguió viviendo ese diario y él y otros siguieron injuriándome y cuando algún senador indignado ante ciertos ataques pidió al Procurador de la República que intentará acciones penales contra mis agresores yo me opuse y lo impedí.”

Esta actitud nos puede dar idea del proceder de Eduardo Santos como demócrata de pensamiento y de acción. Pero ¿qué clase de persona era Eduardo Santos?,
Kasmin Romolli, escritora y periodista norteamericana publicó en el Interamerican xxxx, algunos meses después de haber concluido la administración de Eduardo Santos, una semblanza del expresidente que es magnifico y fiel retrato: “Eduardo Santos no gusta de su posición de conductor percé. Carece del exhibicionismo moral de la generalidad de los políticos, no actúa por ostentoso patriotismo publicidad y descuella en la técnica o en las formas de la oratoria ampulosa, pero tiene ideas políticas definidas y las defiende contra viento y marea; además si no es un político ordinario, no quiere ello decir que no sea en lo absoluto político sino un político excepcional, las ideas de Eduardo agrupadas bajo la denominación liberalismo moderado incluye principios tales como la colaboración de clases, la evolución pacífica, las libertades democráticas y una política centrista, ni ellos, ni su propugnador son tan suaves como pueden parecer, como su manera letrada y personal Eduardo Santos puede ser un formidable adversario.

Un programa de desinteresado idealismo no es cosa fácil de aplicar, si como alguien lo hizo notar recientemente, Eduardo Santos ha contribuido más que ningún otro colombiano contemporáneo a formar la opinión pública no lo ha logrado solo por una habilidad tenaz. Sino hubiera sido sincero hace mucho tiempo se habría retirado de la vida privada.

Lo cierto es que Eduardo Santos tiene una extraordinaria fuerza personal, no tiene ella nada que ver con lo externo tan moderado como su política aún en su apariencia evita los extremos, ni alto ni bajo, ni moreno ni rubio, enjuto sin ser flaco es físicamente un tipo medio de hombre, sus maneras son sencillas, cordiales sin afectación, ni reservadas ni efusivas en demasía; lo único revoltoso que hay en Eduardo es el cabello, abundante, oscuro y ensortijado no acepta el orden, a intervalos de dos minutos lo retira de la frente con el paso rápido de la mano, treinta segundos de precaria disciplina y el mechón vuelve a caerle sobre la ceja derecha.

Con estos pocos notables atributos externos y una ausencia completa de esfuerzo Eduardo Santos impresiona desde el primer momento. “Noble” es el adjetivo que todos a excepción de sus adversarios le aplican. Las razones son fácilmente reconocibles, completa integridad, inteligente tanto de corazón como de la mente y lo que Daniel Samper Ortega ha definido como una suprema elegancia espiritual.

Para ampliar un término ahora anticuado, excepto cuando se aplica a los tenistas Eduardo es bueno, es absolutamente imposible imaginarlo haciendo algo bajo u ofensivo o concibiendo algo tortuoso o malintencionado, ese especial privilegio es tan evidente que la gente tiende a atribuirle una inexistente austeridad en el supuesto no carente de razón después de todo de que ser bueno no es demasiado humano.

Por fortuna Eduardo está agradablemente lejos de la frivolidad común. Tiene agilidad y humor, puede irritarse en extremo aunque esos accesos son raros y pasan pronto, tiene una tremenda capacidad para demoler a su opositor en un debate y nada de incondicional mansedumbre hubo en su periodismo político en esos editoriales que animaron las tertulias durante tantos años”.

Las anteriores palabras que me relevan de hacer el elogio de mi propia sangre y que al mismo tiempo alimentan el honor y la responsabilidad de llevarla, explican cómo un hombre indefenso o no tan indefenso pues estaba armad con dos espadas poderosas, la fe y la dignidad, pudo sobreponerse a la destrucción momentánea de la obra de su vida y enfrentar y vencer a un régimen despótico que poseía todos los instrumentos para aniquilarlo, y lo hizo sin apelar a ninguna forma de violencia ni siquiera verbal. Era enérgico en su reclamo en favor de su libertad y en contra de cualquier clase de opresión, pero esa energía estaba encaminada a atraer la luz y a despejar el oscurantismo. “Luché”, dice Eduardo Santos “Luché contra la inequidad en la única forma en que yo sé y puedo luchar como escritor, como periodista, como ciudadano y nada más y lo que yo he hecho, lo ha hecho siempre El Tiempo y lo han hecho mis colaboradores, de ninguna violencia se nos puede hacer responsables, por la paz y la justicia y la reconciliación entre los colombianos hemos trabajado lealmente así como luchamos sin vacilaciones contra la opresión”.

Y así es como Eduardo Santos habría deseado que lo recordáramos hoy como un hombre que luchó por la paz, por la concordia todos los días de su vida.

Gracias

 

   

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